Miguel Abuelo, con su carisma inigualable, y Andrés Calamaro, aportando su talento creativo, lograron que esa melodía cargada de ritmo y nostalgia atravesara las fronteras del tiempo.
Escucharla hoy es volver a un país que comenzaba a abrirse tras las sombras de la dictadura, cuando la música era un soplo de desahogo y celebración de la libertad recién recuperada. Sonaban guitarras alegres, teclados juguetones y una lírica que destilaba una mezcla de bohemia y melancolía, como si la madrugada de un lunes pudiera ser a la vez un inicio y un final.
Aquella época —que no ha de volver por nada del mundo— lucía impregnada de sueños juveniles, de radios que despertaban la ciudad con acordes nuevos y de la sensación de que cada canción era una bandera de identidad. En cierto modo ha sido la melodiosa compañía de los que buscaban reír, llorar o perderse en la magia de una noche infinita.
Así, las notas se perciben como una ráfaga de aire fresco que trae consigo un tiempo irremplazable, recordándonos que hubo una generación que aprendió a vivir la música como un acto de libertad y un canto de pertenencia.
Se me hela la sangre cada vez que sus acordes ingresan a mis oídos...
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