3/9/25

The Boys Of Summer – Don Henley (1984)


En el universo melódico que nos acompaña a diario en nuestras mentes inquietas, confluyen canciones que logran detener el tiempo, encapsular un instante y guardarlo como un tesoro para siempre. The Boys of Summer, de Don Henley, es una de ellas. 

Publicada en 1984 (el año en el cual concluía la Escuela Técnica), surgió como un suspiro melancólico de aquellos días de juventud que se desvanecen con la rapidez de una estación. Su sonido, impregnado de sintetizadores sutiles y guitarras nostálgicas, abrió una puerta a la memoria colectiva de toda una generación que caminaba hacia la adultez, con la certeza de que el verano —y la inocencia que traía consigo— no volverían jamás de la misma manera.

Crei que no ha sido un éxito pasajero: más bien se convirtió en un himno íntimo, casi secreto, que acompañaba los viajes nocturnos por rutas iluminadas apenas por la luna, los encuentros furtivos y los silencios cargados de significado. 

Henley canta con la voz de quien sabe que el amor y la juventud son efímeros, pero al mismo tiempo, eternos en la memoria. Esa mezcla de despedida y celebración lo convirtió en una obra capaz de tocar fibras muy profundas. En la memoria de no pocos, The Boys of Summer contiene la brisa de los ochenta: las confiterías con luces matizados y sonidos analógicos, las charlas infinitas con amigos, los primeros desencuentros amorosos y la certeza de que algo único se estaba viviendo. Era la canción que sonaba en las radios a transistores, en los bares de Leones, Marcos Juárez y todas las ciudades, en las fiestas, y que dejaba un eco que aún hoy resuena… ¡es que los veranos de la juventud no se marchitan, simplemente se transfiguran en recuerdos luminosos!... 

Quizá no todos la reconozcan de inmediato: lo reconozco ¡por lo que los invito a que la escuchen ya! Quienes alguna vez dejaron que sus notas los abrazaran saben que en ella vive una parte de su propia historia. The Boys of Summer, al fin de cuentas, es una majestuosa postal nostálgica de lo que fuimos y de lo que se proyecta en nuestros sueños; en el de esta noche ¿no me convertiré en uno de aquellos “chicos del verano” en blanco y negro, aunque sea durante un ilusorio santiamén?...

Little Lies – Fleetwood Mac (1987)


En 1987, el mundo escuchaba una y otra vez una melodía envolvente que parecía brotar de un rincón luminoso del alma: Little Lies (Estrellitas, en castellano), de Fleetwood Mac. Con la inconfundible voz de Christine McVie, sostenida por armonías cristalinas y un estribillo que se clavaba como un eco eterno en la memoria, la canción se convirtió en uno de los himnos más recordados de la segunda mitad de los ochenta. Era una pieza de pop pulido, casi perfecto, que lograba transmitir melancolía y dulzura al mismo tiempo, jugando con esa delgada línea entre la ilusión y la verdad.

Little Lies trae a mi mente aquellas singulares noches de viernes en la confitería Sense, en un frondoso bulevar de Armstrong, en un rincón bonito de Santa Fe. El murmullo de las conversaciones, las luces bajas, los reflejos en los espejos y el bullicio juvenil que parecía contener al mundo entero en esas paredes, eran el escenario ideal para dejarse llevar por la música y los bríos imberbes. Junto a mis caros amigos Mario Spiluttini y Ariel Yosa, compartíamos agradables espacios, charlas memorables y esa complicidad que solo el tiempo y la amistad saben cincelar.

Y allí, entre copas, miradas y sueños de juventud, Little Lies y otras bellas canciones sonaban como las bandas sonoras más perfectas de una época insuperable. El recuerdo se impone con fuerza: la voz de la rememorada McVie flotando sobre la pista, la cadencia de los sintetizadores marcando el pulso de la noche, y nosotros, absorbidos por la magia del momento, sin sospechar que esos instantes se convertirían en tesoros que guardaríamos para siempre. 

Fue la vida misma desplegándose con toda su intensidad, al ritmo de un tema que hoy sigue erizando la piel y devolviéndonos la certeza de que el ayer sigue vivo en cada acorde.

Disfruto aún, en silencio, de aquellos viajes “a dedo” a Armstrong, de algunos secretos de juventud que flameaban en el aire de la -por entonces flamante- confitería Sense, y de la leal compañía de mi amigo Mario junto al anfitrión, el no menos querido Ariel, en aquellos viernes que parecían infinitos. Hoy, con tantos cambios en mi espalda, sé que la música tiene ese don divino: el de guardar para siempre lo que fuimos y devolverlo intacto cuando el corazón lo reclama.

Little Lies es, como tantas otras piezas, el eco de una amistad, la fresca memoria de un tiempo dorado y la certeza de que la vida nos susurra que jamás dejamos de estar allí.

Smalltown Boy – Bronski Beat (1984)

El homenaje a este viernes viene de la mano de un himno “de aquellos himnos ochentosos”… Smalltown Boy , lanzada en 1984, es una mitol...