Little Lies trae a mi mente aquellas singulares noches de viernes en la confitería Sense, en un frondoso bulevar de Armstrong, en un rincón bonito de Santa Fe. El murmullo de las conversaciones, las luces bajas, los reflejos en los espejos y el bullicio juvenil que parecía contener al mundo entero en esas paredes, eran el escenario ideal para dejarse llevar por la música y los bríos imberbes. Junto a mis caros amigos Mario Spiluttini y Ariel Yosa, compartíamos agradables espacios, charlas memorables y esa complicidad que solo el tiempo y la amistad saben cincelar.
Y allí, entre copas, miradas y sueños de juventud, Little Lies y otras bellas canciones sonaban como las bandas sonoras más perfectas de una época insuperable.
El recuerdo se impone con fuerza: la voz de la rememorada McVie flotando sobre la pista, la cadencia de los sintetizadores marcando el pulso de la noche, y nosotros, absorbidos por la magia del momento, sin sospechar que esos instantes se convertirían en tesoros que guardaríamos para siempre.
Fue la vida misma desplegándose con toda su intensidad, al ritmo de un tema que hoy sigue erizando la piel y devolviéndonos la certeza de que el ayer sigue vivo en cada acorde.
Disfruto aún, en silencio, de aquellos viajes “a dedo” a Armstrong, de algunos secretos de juventud que flameaban en el aire de la -por entonces flamante- confitería Sense, y de la leal compañía de mi amigo Mario junto al anfitrión, el no menos querido Ariel, en aquellos viernes que parecían infinitos. Hoy, con tantos cambios en mi espalda, sé que la música tiene ese don divino: el de guardar para siempre lo que fuimos y devolverlo intacto cuando el corazón lo reclama.
Little Lies es, como tantas otras piezas, el eco de una amistad, la fresca memoria de un tiempo dorado y la certeza de que la vida nos susurra que jamás dejamos de estar allí.
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