Con su voz ronca, inconfundible y cargada de emoción, Rod tradujo en música la contradicción eterna entre la razón y el corazón: saber que no conviene, pero no poder resistirse.
Fue, en su momento, un soplo fresco dentro de la inagotable producción ochentera, y pronto se convirtió en un reflejo íntimo de amores imposibles, de pasiones que se resistían al olvido, de noches en las que la soledad encontraba compañía en la radio o en el viejo casete que giraba una y otra vez.
Quien la escuchó en aquellos años seguramente la asocia a evocaciones muy propias: una pista de baile –como las de Samoa y Sao Sao– matizada por luces tenues, un viaje en auto bajo la lluvia con la melodía sonando en segundo plano, o simplemente la certeza de que había canciones que parecían hablarle directamente al alma.
Stewart, con su estilo único, logró que ese lamento cargado de deseo se convirtiera en himno de miles de corazones que no querían —o no podían— decir que no.
Quiera o no, My Heart Can’t Tell Me No, se abre un portal hacia los ochenta, esa década que nos dejó melodías impregnadas de nostalgia y eternidad. Y su voz inconfundible, como un viejo confidente, nos recuerda que el corazón siempre guarda sus propias razones, aun cuando el tiempo y la razón insistan en lo contrario…
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