2/9/25

Honesty – Billy Joel (1978)


¡Muy buen martes, amigos ochentosos! (“doble ese” en el nombre de mi blog, se lo digo con honestidad). ¡Y ya que estamos, vaya un humilde correspondencia a esta sublime cualidad humana!…
A finales de los años setenta, cuando la música navegaba entre la balada romántica, el rock más visceral y los primeros destellos de lo que sería la década dorada de los ochenta, Billy Joel regaló al mundo una de sus más puras creaciones: Honesty. Una balada despojada de artificios, sostenida por la fuerza del piano y por la voz inconfundible del neoyorquino, que alcanzó a millones de oyentes con un mensaje tan sencillo como contundente: la honestidad es, en definitiva, el mayor tesoro en una relación.

El tema se convirtió en un himno de sinceridad emocional, con esa cadencia melódica que acaricia el alma y que logra, aún hoy, emocionar como en su primer día. Más allá de su pertenencia cronológica a la década del setenta,

Honesty encierra un espíritu que se expandió plenamente en los ochenta, cuando fue redescubierta en radios, compilados y pistas de las discotecas y bares donde la música se vivía como parte esencial de la vida nocturna.

Su autor, William Martin “Billy” Joel (nacido en 1949, Nueva York), es uno de los cantautores más influyentes de la música popular. Conocido como el “Piano Man” gracias a su éxito homónimo, desarrolló una carrera prolífica en la que combinó baladas profundas, rock melódico y piezas cargadas de comentario social. Dueño de una discografía abundante y de una sensibilidad lírica inconfundible, Joel ha sabido transitar generaciones enteras sin perder vigencia, consolidándose como una verdadera leyenda de la música. 

...Y si bien Honesty pertenece al álbum 52nd Street, lanzado en 1978, su espíritu encaja a la perfección dentro de un blog como este, dedicado de lleno a la música de los ochenta pues esos años no se explican sin los cimientos que dejaron temas como este: melodías que trascendieron la barrera del tiempo, acompañando recuerdos, amores, nostalgias y sueños.  Incluirla aquí es, más que un acto de justicia poética hacia una canción que, en medio de la vorágine de décadas, nos hace recapacitar que esa, la honestidad, es la palabra más difícil de encontrar.

¡Y sí!: Billy es una leyenda: no me cabe la menor de las dudas. Esta canción es pura perfección, capturando el alma misma, el corazón y la verdad en sí… y un trocito pequeño de mis ilusiones quinceañeras hecha añicos, lamentablemente

1/9/25

Baby Can I Hold You – Tracy Chapman (1988)


Creo que la primera vez que lo escuché fue en la ya desaparecida confitería Nippur, en la esquina de Ruta 9 y Alem, en la vecina y querida ciudad de Marcos Juárez... ¡y vaya que lo disfruté mientras saboreaba un cortadito en los albores de un verano legendario!... 

Fue durante1988, cuando la década de los ochenta se acercaba a su última curva, el mundo musical se sorprendía con una voz nueva, distinta, cargada de honestidad y sencillez: la de Tracy Chapman. Dentro de su álbum debut homónimo, apareció un tema que, sin ostentación ni artificios, supo abrirse camino directo al corazón de millones: Baby Can I Hold You

Lejos del vértigo electrónico y los excesos sonoros que caracterizaban a gran parte de la música de aquellos años, esta canción se erigió como un refugio íntimo, un susurro cálido que hablaba de lo esencial: la dificultad de expresar con palabras lo que sentimos, de pronunciar “lo siento”, “te amo” o “perdóname” cuando más hace falta. 

Su cadencia acústica, sostenida en la guitarra y en la voz profunda y conmovedora de Chapman, la convirtió en una balada universal sobre la fragilidad humana en el terreno de los afectos. Esta característica pieza armoniosa alcanzó un lugar privilegiado dentro de los corazones ochenteros, pues en un tiempo de artificio visual y producción exuberante, Tracy facilitó pureza y desnudez emocional. Fue un emblema de que la música no necesita disfraces cuando brota desde la verdad. 

Décadas más tarde, Baby Can I Hold You conserva intacta su capacidad de conmover, lo cual experimento cada vez que suena en alguna radio o en los parlantes de mi automóvil. Dulces melancolías de una época que supo acunar estos plácidos ritmos y, al mismo tiempo, la vigencia de un mensaje que de ningún modo caduca: la urgencia de decir lo que sentimos antes de que sea demasiado tarde…

S.O.S. Love To The Rescue – Dee D. Jackson (1980)


Música e historia muy personal presento aquí en esta inauguración oficial de septiembre… En 1980, la cantante británica Dee D. Jackson, una de las figuras más singulares de la escena disco y electrónica de fines de los setenta, lanzaba S.O.S. (Love to the Rescue).

Escrita y producida por Gary Unwin, y editada por Jupiter Records, la canción se convirtió en una pieza representativa de aquellos años en los que los sintetizadores empezaban a teñir de neón los paisajes sonoros del pop bailable. La letra es, en esencia, una súplica: S.O.S., I’m calling love to the rescue. Una voz vulnerable que, entre metáforas marinas y corazones naufragando, pide ser rescatada de la soledad.

Esa mezcla de fragilidad emocional con un ritmo electrónico elegante y contagioso la volvió un tema inconfundible, que sonó en discotecas, radios y en incontables cintas de casete compartidas entre amigos. 

Y aquí aparece mi memoria personal: S.O.S. (Love to the Rescue) formaba parte del primer casete que mis padres me compraron, en una disquería de la ciudad de Rosario, en octubre de 1980. Recuerdo la emoción de deslizarlo en el viejo radiograbador Panasonic y escuchar ese llamado repetido, hipnótico, que parecía dirigirse no solo al amor, sino a mi propia nueva etapa vital que despertaba a pura efervescencia.

Cada nota acompañó tardes de ensueño, noches de añoranzas y esa sensación de que la música podía salvarnos, aunque fuera por un instante, de la rutina o de la tristeza.

En este lunes me retrotraigo en el tiempo y regreso a esos días en que el mundo parecía más grande y misterioso, cuando esta atrapante melodía era capaz de transformar lo ordinario en extraordinario. S.O.S. (Love to the Rescue) es, en lo que a mí respecta, el eco sonoro e intacto de un tiempo idos, de aquel remoto octubre en que un simple casete inauguró mi viaje por la música ochentera que aún late en mi corazón por siempre adolescente...

Y muy afectuosos abrazos para mis caros amigos de pibe: Marcelo Bonvillani, Mario Spiluttini, José Luis "Yiyo" Muro, Miguel Castello y Erwin “Yerba” Badín; con ellos he compartido y disfrutado aquellos increíbles acordes y los aires de adolescencia recién estrenados...

Call Me - Blondie (1980)


¡Bienvenido septiembre, amigos ochentosos! Nada mejor que empezarlo con "un flor de tema"... Cuando Blondie lanzó Call Me en 1980, entregó un himno vibrante y arrollador, y a su vez un retrato sonoro de una época que comenzaba a despedirse de la inocencia setentista para sumergirse en la modernidad eléctrica de los ochenta.

Escrita junto a Giorgio Moroder para la película American Gigolo, la canción es un puente entre el glamour desbordante y la soledad que a menudo lo acompaña. Debbie Harry, con su voz envolvente y sensual, clama “Call me” como quien lanza un grito disfrazado de invitación: un llamado urgente a no perderse en el vértigo de las luces de neón, en las noches interminables y en los amores efímeros.

La melodía, cargada de energía y sintetizadores que parecen anticipar la década entera, lleva consigo un pulso que invita a bailar, pero también deja entrever la nostalgia de un contacto que nunca llega del todo, de una llamada que puede quedar en silencio.

Hoy por hoy, escuchar Call Me es como abrir una ventana a esos primeros años ochenta, cuando todo parecía posible, pero al mismo tiempo se intuía la fragilidad de los vínculos humanos en medio del ruido urbano. Es una canción que brilla en la pista, sí, pero que, al cerrar los ojos, deja una estela de melancolía por las llamadas que nunca atendimos y las palabras que quedaron sin decirse. ¿No lo cree así?...

31/8/25

Dancing In The Dark – Bruce Springteen (1984)


Toda la nostalgia apiñada en un solo dominio… El videoclip oficial de Dancing in the Dark, lanzado en 1984, es uno de esos íconos audiovisuales que definieron la estética musical de los años ochenta. Dirigido por Brian De Palma, muestra a un jovencísimo Bruce Springsteen en su máxima expresión: sudoroso, enérgico, auténtico.

Con la camisa arremangada y la Fender al hombro, The Boss (el Jefe) despliega sobre el escenario toda la fuerza de su rock, con esa voz áspera y llena de vida que lo volvió inconfundible. La cámara lo sigue en un concierto vibrante, en el que la gente no es un telón de fondo sino parte esencial de la narración.

Allí, en medio del clímax de la canción, ocurre el momento que quedó grabado en la memoria colectiva: Bruce invita a una joven de entre el público a subir al escenario y bailar con él. Esa muchacha, desconocida entonces, era Courteney Cox, quien años después alcanzaría la fama mundial en la serie Friends. Su gesto espontáneo, la sonrisa nerviosa de ella y la naturalidad con la que Springsteen la toma de la mano sellaron una escena que aún hoy se recuerda como uno de los momentos más icónicos de la videoclipsfera ochentosa. Más allá de la citada anécdota, el video simboliza lo que era el rock en aquella década: un nexo entre artista y público, una celebración de la música como experiencia compartida.

Dancing in the Dark no es solo un tema de ritmo contagioso y letra introspectiva —ese desahogo sobre la frustración y la necesidad de cambio—, sino también un testimonio visual de cómo la música podía transformar la rutina en un instante mágico. 

Volver a ver ese clip se empareja a regresar a 1984, a la época de las cintas de casete, los televisores de tubo y los sueños juveniles que se proyectaban bajo la bola de espejos de cada confitería. Bruce, con su honestidad y carisma, nos recordó que hasta en la oscuridad se puede bailar, y que en ese baile se esconde gran parte de la esencia de la vida misma.

Papa Don't Preach – Madonna (1986)


¡Que suenen los buenos acordes!... En 1986, en pleno apogeo de la música pop, irrumpió un tema que se transformaría en bandera generacional: Papa Don’t Preach. Madonna, ya convertida en ícono indiscutible de aquellos años, entregaba una canción con ritmo vibrante, mas aun con un trasfondo que iba mucho más allá del simple entretenimiento.

La letra, directa y sin tapujos, hablaba de una joven que enfrenta un embarazo no esperado y decide seguir adelante con valentía, pidiendo a su padre que no la sermonee, sino que la apoye. En tiempos donde la cultura juvenil estaba signada por la rebeldía, la moda atrevida y los cambios sociales, aquella confesión hecha canción supuso un sacudón. 

No era este solo un estribillo pegadizo; era un llamado a la comprensión, al diálogo intergeneracional y a la defensa de la autonomía femenina. 

El videoclip que aquí acompaño, con su estética urbana y sus tonos oscuros, mostraba a una Madonna que alternaba la sensualidad con la vulnerabilidad junto a su padre, interpretado por el reconocido actor Danny Aiello angustiado y angustiado y, finalmente, comprensible. Todas estas escenas quedaron grabadas en la retina de quienes pasaban horas frente al televisor, cuando esperar el estreno de un video era un acontecimiento que se comentaba en las confiterías, en las escuelas o en las reuniones de amigos.

Hoy, al evocar Papa Don’t Preach, no solo recordamos a la artista que marcaba el pulso de la década, sino a aquellos esos años de cabellos batidos, chaquetas de cuero, cintas en el pelo y sueños adolescentes que parecían eternos. Eran tiempos en los que cada canción cargaba consigo un trozo de vida, un secreto confesado al oído, un baile en una madrugada de fin de semana que hoy subsiste solo en nuestras memorias. Madonna, con esta canción, se trepó a los primeros puestos de los rankings y se introdujo de lleno en la historia, confiriéndonos un guiño imborrable a aquellos días idos que, aunque no volverán, prolongan su latido en nuestra nostalgia cada vez que suenan sus primeras notas.

Broken Wings – Mr. Mister (1985)


Entre las joyas de la década del ochenta, Broken Wings se erige como una de esas canciones que dejaron huella en la memoria colectiva. Publicada en 1985, dentro del álbum Welcome to the Real World, la banda estadounidense Mr. Mister arribó con ella la cima de los rankings y el reconocimiento mundial.

Dicho tema, impregnado de un halo melódico intenso y etéreo, gira en torno a la necesidad de reconstruirse, de volver a volar a pesar de las alas rotas que deja el dolor. Su interpretación vocal, a cargo de Richard Page, transmite un dramatismo contenido que se acompaña de una atmósfera musical inconfundiblemente ochentosa: sintetizadores densos, guitarras brillantes y un ritmo pausado pero penetrante.

El proverbial video en blanco y negro, que abre con un automóvil avanzando solitario en la ruta, refuerza la sensación de búsqueda y de viaje interior. En él se entrelazan imágenes simbólicas —el halcón, la pareja, los gestos de recogimiento— que evocan tanto fragilidad como esperanza de redención.

Huelga decir que en las confiterías bailables y en las radios de la época, Broken Wings resonó como un himno a la introspección y a la posibilidad de sanar. Hoy, al evocarlo, se despabilada la nostalgia de aquellos años donde cada canción parecía ser la banda sonora de una generación marcada por la intensidad de sus sueños y alguna que otra herida, por fortuna ya olvidada...

30/8/25

Voyage, Voyage – Desireless (1986)


En 1986, cuando la música pop europea comenzaba a conquistar fronteras con sus sintetizadores brillantes y melodías envolventes, apareció una canción que viajó más allá del tiempo y del espacio: Voyage, Voyage, interpretada por la francesa Desireless (Claudie Fritsch-Mentrop). Su voz grave y etérea, sumada a una producción electrónica elegante, convirtió al tema en un himno de la new wave ochentera.

Esta canción fue lanzada como sencillo de su álbum François y pronto alcanzó lo impensado: no solo encabezó listas en Francia, sino también en Alemania, España, Bélgica, Italia y hasta en Japón. Nuestro país no escapó a aquella tormenta… ni mucho menos las confiterías bailables de la región. Un detalle curioso es que, a pesar de cantarse íntegramente en francés, conquistó a un público global, demostrando que la música tiene un idioma universal cuando transmite emoción y libertad.

Voyage, Voyage hablaba de viajes infinitos, no solo físicos sino también espirituales, invitando a cruzar fronteras, océanos y cielos en busca de sueños. En plena década marcada por la apertura cultural y el auge de los medios globales, el tema se transformó en la metáfora perfecta de una juventud que deseaba explorar y expandir horizontes.

El video musical reforzó esa atmósfera enigmática: Desireless, con su característico cabello erizado en un estilo casi futurista, aparece entre paisajes naturales, globos aerostáticos, aviones y escenas que evocan movimiento constante. Su mirada distante y serena encajaba con la idea de un viaje sin destino final, más bien un peregrinaje emocional. Aquel video, emitido una y otra vez en la entonces naciente MTV europea, dotó al tema de una estética que aún hoy sigue siendo recordada. Soñábamos con un mundo sin fronteras, en el que cada nota era una invitación a desplegar alas invisibles y lanzarse al descubrimiento. 

Ha sido éste un pasaporte vitalicio a la imaginación, y por ello sigue siendo, hasta hoy, uno de los himnos más entrañables y evocadores de los años ochenta.

Danger Zone – Kenny Loggins (1986)


Luz, cámara, ¡emoción!... En 1986, el cielo se encendió con la adrenalina de los aviones de combate y, al mismo tiempo, con una canción que marcaría para siempre a una generación: Danger Zone, de Kenny Loggins.

Inmortalizada en la película Top Gun, este tema se convirtió en mucho más que parte de una banda sonora: fue el combustible sonoro de una época en la que la velocidad, la audacia y la pasión parecían no tener límites.

Desde el primer acorde, Danger Zone transmite vértigo. Su ritmo vertiginoso y sus guitarras eléctricas evocan el rugir de turbinas y la sensación de atravesar el aire a toda velocidad. La voz inconfundible de Loggins, potente y llena de urgencia, convierte la canción en un grito de libertad y desafío, en el himno perfecto para quienes buscaban vivir intensamente, sin miedo al riesgo ni a las caídas.

Bellos años en que el cine y la música se unieron para crear un mito cultural. Dulce emoción de los cielos abiertos, de las miradas que se cruzaban antes de una misión, del amor y la valentía puestos a prueba en un contexto de adrenalina pura. Icóno de los ochenta, Danger Zone es una declaración de vida, un memorándum de que el corazón late más fuerte cuando se enfrenta al peligro, y que las melodías capaces de encendernos de esa forma jamás pierden vigencia.

En cuanto al film estrenado hace poco y a modo de acotación, a Maverick me refiero, no habría sido una verdadera secuela de Top Gun sin esta canción. La manera perfecta de presentar la nueva película fue abrirla con la introducción original. Para aquellos a los que no les gustó, bien saben que esta canción los pone en marcha. Ya sea moviendo la cabeza o sacudiendo el pie, ella hace vibrar a todos de una u otra forma...

Sunday Morning – The Bolshoi (1985)


En los años ochenta, entre luces de neón y sintetizadores, entre las radiaciones vivenciales de Sao-Sao, Samoa, Kouba, Gipsy y Crac, míticas confiterías bailables de mi región, coexistieron un rincón sombrío y reflexivo donde florecieron bandas como The Bolshoi . Su tema Sunday Morning,lanzado en 1985 dentro del álbum Friends, se erigió en una pieza esencial para quienes encontraron en la música un espejo de sus propias inquietudes y soledades. 

Lejos de ser una canción ligera, Sunday Morning se adentra en la tristeza de los días grises, en ese vacío que puede invadir al alma cuando la rutina y la desesperanza pesan más que los sueños. La voz de Trevor Tanner, cargada de dramatismo, guía al oyente por una atmósfera densa, con guitarras etéreas y un tono casi confesional que desnuda el dolor humano en su estado más puro. Pero allí donde otros veían solo oscuridad, 

El Bolshoi ofrece una lección implícita: reconocer la fragilidad, hablar de lo que duele y ponerle música a la angustia también es una forma de liberación. Esta pieza inmortal exhibe que la melancolía no debe esconderse; puede convertirse en arte, en catarsis, en puente hacia quienes atraviesan tormentas similares. 

Viaje nostálgico y subjetivo a la estética post-punk y gótica de los ochenta tanto como una invitación a la empatía y la reflexión. Podría decir que detrás de cada domingo sombrío siempre hay una nueva oportunidad de encontrar sentido, y la música —con su honestidad descarnada— puede ser el refugio más sincero. Súmese a este blog, escuche este tema y los demás… y el placer estará asegurado.

Another One Bites the Dust – Queen (1980)


¡Catorce años de edad acumulaba en ese entonces!...
Cuando los ecos de los setenta aún resonaban en 1980, Queen dio un golpe maestro con Another One Bites the Dust, aquí conocida como Otro muerde el polvo.

Con su bajo hipnótico, ideado por John Deacon, y la voz cargada de poder de Freddie Mercury, la banda británica logró un tema que trascendió géneros: era rock, pero también funk; era pop, pero con la crudeza del soul urbano. Lo que parecía, en un inicio, un experimento rítmico dentro de The Game, se convirtió en una explosión cultural.

La misma trepó las listas con una fuerza inusitada, sonando en discotecas, estadios y radios por igual. En sus compases se esconde esa sensación ochentera de vértigo, de calles iluminadas por neones, de pasos de baile improvisados, de juventud que buscaba vibrar a contracorriente.

Escucharla en los tiempos actuales es como… ¡abrir una cápsula del tiempo!: cada golpe de batería y cada línea del bajo devuelven la imagen de una década donde la música no temía a las fusiones y donde la rebeldía podía vestirse de elegancia. 

Another One Bites the Dust ha sido, y es, un nexo entre mundos sonoros. Queen pasaba a ser una usina de innovación y emoción. Y en ese pulso repetitivo, casi obsesivo, late aún la energía de los ochenta: esa mezcla de osadía, glamour y transgresión que sigue mordiendo el polvo del tiempo sin perder jamás su brillo.

¡Sigue cantando, Freddie!, que tu voz se prolongue hasta el fin de los tiempos

Obsession – Animotion (1984)


Corría 1984 –el año en que terminaba yo el colegio Secundario– cuando los sintetizadores marcaban el pulso de una generación, el grupo Animotion irrumpió en la escena musical con un tema que se volvió emblema de la estética ochentera: Obsession

Con su mezcla de new wave, pop electrónico y un aire provocador, la canción trepó rápidamente en los rankings internacionales y quedó grabada en la memoria colectiva como un símbolo de deseo, atracción y excesos emocionales propios de la época.

El diálogo vocal entre Astrid Plane y Bill Wadhams le otorga al tema una intensidad particular: dos voces que se persiguen, se buscan y se enfrentan en un juego de seducción que refleja, con descaro y dramatismo, la obsesión amorosa. Los sintetizadores, junto al ritmo marcado y contagioso, convierten la canción en un torbellino sonoro imposible de olvidar.

Increíbles noches de luces policromáticas en las pistas, videoclips vanguardistas y pistas de baile repletas, donde la juventud vivía intensamente, sin medir tiempos ni consecuencias. Su fuerza reside en que no solo fue un éxito musical, sino también una postal sonora de los ochenta, una época que oscilaba entre el glamour y el vértigo emocional.

Es esta una canción que, más allá de la nostalgia, sigue encendiendo memorias: aquella moda exuberante, las primeras horas de los videos en la televisión, bailes improvisados en los boliches o en el patio de la escuela... y la certeza de que la música tenía el poder de traducir en notas lo que las palabras callaban.

¡Que nunca deje de sonar Obsession!...

Smalltown Boy – Bronski Beat (1984)

El homenaje a este viernes viene de la mano de un himno “de aquellos himnos ochentosos”… Smalltown Boy , lanzada en 1984, es una mitol...