En el tránsito luminoso entre el final de los setenta y los albores de los ochenta, la Electric Light Orchestra regaló al mundo un tema que se convirtió en uno de los latidos más reconocibles de aquella época: Last Train to London (Último Tren a Londres, en castellano).
Incluido en el álbum Discovery de 1979, pronto se instaló como un clásico indiscutible en las pistas de baile y en las radios, marcando el pulso de una generación que buscaba nuevas melodías para soñar.
Con su inconfundible fusión de pop, disco y la impronta orquestal característica de Jeff Lynne, la canción suena como un viaje vibrante, pero al mismo tiempo cargado de nostalgia que eclosionó en “los ochenta” (por ello está aquí incluida). Esa "última partida hacia Londres" opera como metáfora del amor que no quiere rendirse al paso del tiempo, de la pasión que late aun sabiendo que la noche y el tren se escapan sin regreso.
Hago clic en el video adjunto y, así, evoco aquellas noches en que la música era compañía inseparable: fantasías juveniles que parecían increíblemente posibles, ¿por qué no eternas?, y la sensación de que cada canción podía marcar un capítulo de la vida. Su ritmo contagioso invita a bailar, pero en el trasfondo late una melancolía suave, esa invocación de lo que ya no volverá y que, sin embargo, sigue brillando con la intensidad de “los días felices aquellos”.
Hoy, más de cuatro décadas después, sigue siendo un clásico entre clásicos. Y es que cada vez que revive, por lo general en emisoras que reproducen conquistas del ayer, Last Train to London nos sitúa –aunque sea por unos minutos– a esa edad dorada de los sueños amoldados en un aula de aquella ENET N° 1 de Leones, mi amada ciudad, donde los trenes nocturnos todavía llevaban consigo la esperanza de un inédito amor y la magia de un tiempo irrepetible.

