Un piano suave, una percusión discreta y la voz de De Burgh que, en un susurro, relata la historia de un flechazo instantáneo. Es la historia de ese baile donde, sin haber cruzado palabra alguna, dos almas se reconocen y se encuentran.
Y es que esta canción –hit indiscutido de los ochenta– es una cápsula del tiempo que nos transporta a una época de amores inocentes, de gestos tímidos y de la emoción que se sentía al tomar la mano de la persona que te gustaba para bailar. Es el himno de los primeros encuentros, el eco de los suspiros nerviosos y la banda sonora de la valentía que se necesitaba para invitar a bailar a esa persona especial.
El argentino Chris, con su guitarra en mano, pintó con notas la imagen de una mujer deslumbrante que, con su vestido escarlata, se convierte en el centro de atención de una sala. La letra es un poema a la belleza, no solo la física, sino a la del alma.
La canción habla de la fascinación de un hombre que se ve incapaz de apartar la mirada de la que se convertirá en la protagonista de sus sueños.
En las confiterías bailables de los años 80, este tema sonaba y “se vivía”. Era la señal para que las parejas se acercaran, para que las miradas tímidas se encontraran y para que, por unos minutos, el mundo se detuviera.
Lady In Red no solo musicalizó el romance, sino que lo creó, sirviendo de puente para que muchas parejas emprendieran su historia de amor.
A casi 40 años de su lanzamiento, sin dudas su esencia subsiste. Es un recordatorio de que las grandes historias de amor, a veces, comienzan con una simple canción.
Es, en definitiva, la melodía de un flechazo que sigue resonando en el corazón de aquellos que la vivieron… y gozaron hasta la médula.
