18/9/25

West End Girls – Pet Shop Boys (1985)


En un rincón de la escena musical de los años 80, donde el rock, el pop estridente y los sintetizadores dominaban, surgió un sonido que se sentía diferente, más sofisticado, más enigmático. Ese sonido era el de West End Girls, de los Pet Shop Boys, un canturreo que, a pesar de su ritmo bailable y su beat seductor, destilaba una melancolía y una reflexión que la hacían única. Sin dudas, una postal musical del Londres de la época.

La historia de la misma es tan particular como su sonido. Fue lanzada por primera vez en 1984, casi de manera experimental, sin el impacto que sus creadores esperaban. Pero en 1985, tras una regrabación que pulió su esencia, resurgió, ¡lista para conquistar el mundo! Y así lo hizo. West End Girls es un prodigioso viaje a través de las calles de Londres, una ciudad que en esa década era un hervidero de sueños, ambiciones y, a la vez, de una cierta frialdad urbana. La voz de Neil Tennant, casi recitada, sin estridencias, nos guía por un paisaje de contrastes: la opulencia del West End frente a la vida de los barrios más humildes.

Las "chicas del West End" son un grupo de mujeres ensambladas en un símbolo aspirante, en el deseo de ser alguien, de pertenecer a un mundo de glamour inalcanzable para muchos.

Para quienes nos alumbramos con los destellos de la lejana adolescencia, este “temazo” se reparaba como una revelación. En una época donde todo era explosión de color y energía,

West End Girls nos invitaba a reflexionar. Hablaba de la soledad en la multitud, de la búsqueda de un propósito, y del choque entre las clases sociales. Y así bailábamos desenfrenadamente, balanceándonos al ritmo del beat mientras la mente divagaba y pensaba en las luces de la gran ciudad. Y es que, emocionalmente, el tema toca una fibra sensible; nos trae esa época en la que empezábamos a entender el mundo, con sus luces y sus sombras.

El estribillo, simple y repetitivo, se queda grabado en la memoria. El bajo, profundo y constante, te lleva de la mano por el relato. West End Girls es, para no pocos –en los que me incluyo– una pieza de arte. Es la prueba de que se puede ser comercial y, a la vez, profundo. 

En definitiva, es una canción que invita a sentir, a pensar y a conmemorar que, bajo el brillo de aquellas pistas, las de Samoa, Sao Sao, Gipsy, Kouba o Edad Media. Crac, siempre hay historias humanas, plenas de sueños y de una melancolía inconfundible. Es un tesoro sonoro que, aun hoy, suena tan fresco y relevante como en el mismo día en que fue concebido…

16/9/25

Maneater – Hall & Oates (1980)


¡Ah, los 80!
Esa década de luces tornasoladas y encandiladoras, peinados extravagantes y música que te hacía sentir invencible. Y en medio de todo ese furor, apareció Maneater, de Hall & Oates, una épica canción que, para quienes éramos adolescentes en ese entonces, no era solo un éxito más, sino un rito de iniciación. 

 Cuando sonaban esos primeros acordes con el saxofón, algo cambiaba. No era un "lento" para soñar despierto, ni un tema para enamorarse; consistía, más bien, en una melodía que nos hablaba de la vida real, del lado salvaje del amor. Era una advertencia, una lección de supervivencia envuelta en un ritmo pegadizo.

Una vez que tradujimos la letra con la inocencia y el atrevimiento de la adolescencia a flor de piel, pensamos que era fascinante y un poco aterradora. Nos hablaba de una mujer poderosa, astuta, que usaba su encanto para obtener lo que quería. 

Maneater –lanzada en 1982– era la banda sonora de la cautela, del "cuidado con ella". En ese entonces, lo bailábamos y nos preguntábamos quién era esa "devoradora de hombres". ¿Era, quizá, la chica parada junto a sus amigas, la que todos miraban pero nadie se atrevía a sacar a bailar? Nos imaginábamos historias y nos dábamos consejos, como si el tema fuera un manual para el peligroso e innovador arte del cortejo...

Hoy, cuando escucho esos mismos acordes, no puedo evitar que un torbellino de recuerdos me invada, en especial en mis primeras “escapadas” a la Confitería Gipsy, en los altos del Club Sarmiento. Me veo de nuevo por esos lugares, con los pantalones apretados y los bríos a full, sintiendo que el mundo era nuestro. 

Es este un ancla a esa época de descubrimientos, de primeras decepciones y de lecciones de vida que nos llegaban en forma de música. Hall & Oates crearon un éxito y, a su vez, nos dieron una joya de la cultura pop que se convirtió en una pieza clave de nuestra adolescencia. 

Es la prueba puntual de que hay canciones que van más allá de un simple ritmo; son cápsulas del tiempo que nos transportan a los mejores días de nuestra juventud, recordándonos quiénes fuimos y cómo empezamos a entender el juego del “futuro e inminente amor”.

10/9/25

Stars – Simply Red (1991)


Hay canciones que se transmutan en el soundtrack de un momento, de una emoción, de una dulce evocación. Stars, de Simply Red es, sin dudas, una de ellas. Aunque su lanzamiento oficial en 1991 la sitúa al inicio de una nueva década, su alma y su espíritu son un eco de la sofisticación melódica y el romanticismo agridulce que definieron el pop de los 80. Es una pieza que nos transporta a un lugar de nostalgia, anhelo y belleza serena.

Su magia reside en la delicadeza de su instrumentación y en la emotiva interpretación de Mick Hucknall. La canción comienza con una melodía de piano suave y una percusión discreta, creando un espacio íntimo que invita a la introspección. La voz de Hucknall, con su timbre inconfundible y su vibrato lleno de sentimiento, narra una historia de vulnerabilidad. La letra habla de la dificultad de encontrar un camino, de sentirse perdido en la inmensidad del universo, de buscar una señal. El famoso estribillo, "I just hope you understand, that I would give my life for you" ("Solo espero que entiendas que daría mi vida por ti"), es la médula espinal de la canción. 

Más que una promesa romántica vacía, es una declaración desesperada, un ruego por conexión en un mundo lleno de desconexión. Stars se siente profundamente personal porque se atreve a mostrar el lado más vulnerable del amor y la lealtad. Merced a su belleza musical, se ganó un lugar en el corazón del público por su resonancia emocional.

Ha sido la banda sonora de innumerables momentos: una primera cita, un baile lento, una noche de reflexión. Era puro amor romántico como así amistad, lazos familiares y la búsqueda de un propósito. Es una pieza que se siente como un lugar al que uno desea ir cuando necesita una dosis de consuelo y comprensión. 

Aunque el videoclip, con su estética minimalista y su foco en la actuación de la banda, se sentía muy de los 90, la música misma es un viaducto entre generaciones de amantes del pop y el soul. Stars fue un éxito comercial tanto como un logro artístico.

El álbum homónimo vendió millones de copias en todo el mundo y consolidó a Simply Red como uno de los grupos más notorios de su tiempo. No obstante, el real legado de la canción es su capacidad para permanecer en el tiempo. Hoy en día, sigue siendo una de las baladas más queridas, esas que tocan el alma hasta hacerla estremecer. Es la prueba de que, a veces, la luz más brillante la hallamos en la quietud de la noche, ¡mirando a las estrellas!

Fame – Irene Cara (1980)


Yo tenía catorce años en 1980, la edad en la que todo empieza a sonar distinto, en la que mi casa ya no era el único espacio en el que residía. Asimismo, la música ya no era solo un ruido de fondo, sino una banda sonora que se pegaba al alma, una que te definía, que te hacía sentir. Y entonces, de la nada, surgió Fame, de Irene Cara: un himno infinito en el universo de mis sensaciones “algo aletargadas”. Ha sido un grito de ambición, de sueños, de la necesidad de ser visto, de ser escuchado, de encontrar tu lugar en el mundo. 

El inicio con esos golpes de batería tan característicos, esa voz poderosa que se elevaba por encima de todo... ¡era pura adrenalina! Sin dudas, te hacía sentir que no solo podías bailar, sino que podías volar.

Irene cantaba y, a su vez, transmitía bríos descerrajados. Queríamos ser inmortales, dejar nuestra huella. Queríamos aprender a volar. La canción capturaba esa urgencia adolescente de querer ser alguien, de ser especial, de tener un propósito.

Fame era el pulso de una película que nos hablaba directamente. Nos mostraba a jóvenes con talentos crudos, que luchaban y sudaban por un sueño. Y la canción era la personificación de esa lucha. Se sentía real, tangible, porque hablaba de “la cara B” de la fama: el sacrificio, el trabajo duro, el miedo al fracaso. Para muchos de mi generación, esta canción era promesa, una sorprendente motivación para no rendirse, para creer en uno mismo.

Era esta la melodía de los sueños que teníamos en el corazón, esos que nos hacían bailar frente al espejo como si estuviéramos en un gran escenario, sin importar si alguien nos veía o no.

Cuando escucho Fame hoy por hoy, oigo música y a aquel chico de catorce años, lleno de incertidumbre y sueños. Vuelvo a sentir la misma energía, el mismo deseo de dejar una marca. Y me doy cuenta de que la canción no hablaba solo de la fama, sino del simple y poderoso deseo de vivir, de brillar con luz propia, y de que el mundo, por un instante, se dé cuenta de que existes. 

Que en paz descanses, Irene. Tu voz te mantiene viva hasta el infinito… y más allá.

9/9/25

Lady In Red – Chris De Burgh (1986)


Tiempos divinos de mi adolescencia...
Corría 1986. Las luces tenues de la confitería bailable se reflejan en la bola de espejos que cuelga del techo. El DJ, con un gesto de complicidad, anuncia que es hora del “lento” y de pronto, una melodía que parece estar suspendida en el aire, invade el lugar. Es Lady In Red (La dama de rojo), de Chris De Burgh. Y justo en ese instante, una ola de romanticismo inunda cada rincón, encendiendo en el corazón de los presentes una chispa de esperanza. La canción no necesita estridencia para conmover, su magia reside en la sencillez. 

Un piano suave, una percusión discreta y la voz de De Burgh que, en un susurro, relata la historia de un flechazo instantáneo. Es la historia de ese baile donde, sin haber cruzado palabra alguna, dos almas se reconocen y se encuentran. Y es que esta canción –hit indiscutido de los ochenta– es una cápsula del tiempo que nos transporta a una época de amores inocentes, de gestos tímidos y de la emoción que se sentía al tomar la mano de la persona que te gustaba para bailar. Es el himno de los primeros encuentros, el eco de los suspiros nerviosos y la banda sonora de la valentía que se necesitaba para invitar a bailar a esa persona especial. 

El argentino Chris, con su guitarra en mano, pintó con notas la imagen de una mujer deslumbrante que, con su vestido escarlata, se convierte en el centro de atención de una sala. La letra es un poema a la belleza, no solo la física, sino a la del alma.

La canción habla de la fascinación de un hombre que se ve incapaz de apartar la mirada de la que se convertirá en la protagonista de sus sueños. En las confiterías bailables de los años 80, este tema sonaba y “se vivía”. Era la señal para que las parejas se acercaran, para que las miradas tímidas se encontraran y para que, por unos minutos, el mundo se detuviera.

Lady In Red no solo musicalizó el romance, sino que lo creó, sirviendo de puente para que muchas parejas emprendieran su historia de amor. A casi 40 años de su lanzamiento, sin dudas su esencia subsiste. Es un recordatorio de que las grandes historias de amor, a veces, comienzan con una simple canción.

Es, en definitiva, la melodía de un flechazo que sigue resonando en el corazón de aquellos que la vivieron… y gozaron hasta la médula.

8/9/25

What's Love Got To Do With It – Tina Turner (1985)


¡Vaya temazo que les presento en esta nochecita de lunes septembrino!... En 1984, el mundo de la música pop fue testigo de un regreso triunfal que se sintió tan inesperado como merecido. Tina Turner, una de las voces más poderosas de la historia, estaba lista para reclamar su trono. La punta de lanza de su legendario álbum "Private Dancer" fue la canción What's Love Got to Do with It, una balada pop que no solo la devolvió a la cima, sino que se erigió en un himno de independencia, resiliencia y autoafirmación.

Resulta irónico que una de las canciones más emblemáticas de Tina no fuera de su agrado al principio. Cuando los compositores Terry Britten y Graham Lyle se la ofrecieron, la vocalista la consideró demasiado pop para su estilo. Sin embargo, su manager y el productor la convencieron de que le diera una oportunidad.

Su interpretación, llena de un cinismo y una fuerza inigualables, transformó una simple canción de amor en un poderoso manifiesto. 

La letra, a primera vista, es una declaración de desilusión. "What's love got to do with it? A second-hand emotion" ("¿Qué tiene que ver el amor? Una emoción de segunda mano"). Pero en la voz de Tina, estas frases se convierten en una catarsis. Una toma de poder explícita. Es la voz de una mujer que ha visto el lado oscuro del amor y ha decidido que, de ahora en adelante, vivirá bajo sus propios términos. Su entrega es tan emotiva y peculiar que le da una nueva dimensión a la letra, llenándola de un significado que solo ella podía transmitir. 

Lo que hace que esta canción sea tan cautivadora es el contraste entre la sofisticada producción ochentera y la cruda honestidad de la voz de Turner. La pista, con sus sutiles sintetizadores y el ritmo de batería preciso, crea un fondo elegante para una voz que ha pasado por el fuego. Su canto no es perfecto; está lleno de esa singular aspereza que evoca una vida entera de lucha y dolor. Cada frase, cada suspiro, es la huella de una historia que el público conocía bien. 

What's Love Got to Do with It ha sido un éxito rotundo, sin dudas; se catapultó al número uno del Billboard Hot 100, consolidando a Tina Turner como una superestrella por derecho propio. Ganó tres premios Grammy, incluido el de Grabación del Año, y el mundo se enamoró de su resurgimiento. Más allá de los premios y los éxitos en las listas,

Así, perdura en la historia como la pieza musical que marcó el regreso de una leyenda. Es un himno para cualquiera que haya salido de una relación tóxica, una melodía que ubica al amor como una emoción efímera, ¡nada más que eso!, y que la auténtica victoria reside en el respeto a uno mismo.

A lo largo de los años, su mensaje ha resonado con millones de personas, y continúa siendo un estandarte poderoso de la fuerza del espíritu humano.

7/9/25

Like A Fool – Robin Gibb (1985)


Si bien los Bee Gees dominaron las listas de éxitos con su distintivo falsete y sus himnos disco, la carrera en solitario de cada uno de los hermanos Gibb igualmente nos regaló joyas musicales que merecen ser recordadas. Entre ellas, brilla con una luz especial Like a Fool, una balada agridulce de Robin Gibb que, a pesar de su tono melancólico, se siente como un abrazo cálido y nostálgico.

Lanzada en 1985 como parte del álbum "Walls Have Eyes", Like a Fool capturó a Robin Gibb en un momento de transición. Los años de la fiebre disco habían quedado atrás, y la música de los Bee Gees se había adaptado a un sonido más maduro y sofisticado.

En este contexto, la canción se sintió como una declaración personal, un eco del alma de un artista que buscaba su propio camino. La letra, coescrita por Robin y su hermano Maurice, es una reflexión sincera sobre un amor perdido y el arrepentimiento que sigue. La frase "I was a fool" ("fui un tonto") no es un grito de desesperación, sino una confesión suave y resignada. La melodía, una exquisita combinación de sintetizadores de la época y una sutil percusión, crea un ambiente de introspección y anhelo.

Lo que realmente eleva a Like a Fool es la inconfundible voz de Robin. A diferencia del falsete que caracterizó a gran parte de la música de los Bee Gees, aquí su voz es clara y emotiva. Con una calidez única y un vibrato que evoca una profunda tristeza, Robin interpreta cada verso con una vulnerabilidad que resulta conmovedora. Es una lección magistral de cómo la sutileza puede ser mucho más poderosa que la grandilocuencia.

Aunque no alcanzó la fama masiva de los grandes éxitos de los Bee Gees, Like a Fool fue un éxito significativo en Alemania, donde se convirtió en un himno de las baladas ochenteras. Su popularidad en Europa demostró que el público seguía anhelando la honestidad emocional y las melodías atemporales que los hermanos Gibb sabían crear con tanta maestría. Es esta una joya escondida para los amantes de la música de los 80.

Es una canción para esos momentos de reflexión tranquila, cuando la luz del sol se filtra por la ventana y uno se halla recapitulando un tiempo diluido. Es la prueba de que Robin Gibb, más allá de la sombra de los Bee Gees, tenía una voz única para contar las historias más íntimas del corazón. Y, personalmente, tuve la suerte de disfrutarlo con mis oídos adolescentes…

6/9/25

Somebody’s Watching Me – Rockwell (1984)


Sábado por la noche en un septiembre “a puro ritmo”, meritorio para ejercitar la imaginación… El año es 1984. El aire huele a laca, los colores neón dominan las tiendas y el mundo parece moverse al ritmo frenético del synth-pop. En medio de este vibrante paisaje sonoro, una canción se cuela en las radios, llevando consigo una oscuridad inesperada. No es el clásico himno de fiesta; es un cuchicheo de paranoia, un escalofrío que te recorre la espalda. Esa canción es Somebody's Watching Me, de Rockwell.

Desde el primer instante, el tema te atrapa con esa línea de bajo sintética y un beat que, en lugar de invitarte a bailar, te hace mirar por encima del hombro. Es una joya de la melancolía pop, construida sobre una atmósfera opresiva.

La voz de Rockwell se siente vulnerable, casi rota, al narrar una historia de aislamiento y de una vigilancia constante. Cada detalle, desde la sensación de ser observado en la ducha hasta la sospecha de que el cartero te sigue, pinta un retrato inquietante de la paranoia moderna. Pero lo que eleva esta canción a un estatus de culto es la brillante inclusión de Michael Jackson. Su coro, ese inconfundible I always feel like somebody's watching me es el gancho perfecto que una capa de ironía y fama. Es un ícono global, el hombre más famoso del planeta en ese momento, prestando su voz a una canción sobre la ansiedad de ser constantemente observado. Es el eco de la fama y la soledad, una dualidad fascinante que resuena aún hoy.

Es esta una fabulosa cápsula del tiempo que captura la ansiedad y la desconfianza de una década aparentemente despreocupada (¡al menos para mí!). Es el sonido de la soledad en la multitud, la sensación de que, no importa dónde vayas, nunca estás realmente solo. Y por eso, más allá de la nostalgia, sigue siendo una pieza esencial para entender el lado más introspectivo y oscuro de la música de los ochenta.

La próxima vez que la escuches ¡detente un momento y siente el escalofrío!: ese es el genio de Rockwell hecho paranoica canción...

Self Control – Laura Branigan (1984)


Sé que no me equivoco: en la bóveda celeste y musical de los años ochenta, Self Control ocupa un lugar privilegiado, convertido en himno nocturno de una década que exploraba nuevas sonoridades y libertades.

Interpretada por la poderosa voz de Laura Branigan, la canción fue lanzada en 1984, alcanzando un éxito inmediato en Europa y América, y consolidando a la artista estadounidense como una de las voces femeninas más icónicas de la época. Sin embargo, el tema fue originalmente escrito por Raffaele Riefoli (Raf) junto a compositores italianos, pero fue la versión de Branigan —producida por Harold Faltermeyer y Jack White— la que inmortalizó la pieza a nivel internacional. Con un arreglo cargado de sintetizadores, guitarras eléctricas y una cadencia envolvente,

Self Control capturaba la dualidad de la vida urbana: la fascinación por la libertad nocturna y el riesgo latente de perderse en ella. Más allá de su fuerza sonora, el videoclip dirigido por William Friedkin (cineasta de The Exorcist y The French Connection) reforzó la atmósfera misteriosa y sensual del tema, convirtiéndose en uno de los más comentados de la década. La estética oscura, los juegos de luces y sombras y el tono casi cinematográfico hicieron de Self Control una pieza de culto para la naciente era de la MTV

En las pistas de baile, la canción se transformó en ritual: las luces de neón, el humo artificial y los primeros compacts disc reproducían en Sao-Sao, Samoa, Kouba, Gipsy, Crac, Sense, Edad Media y otros tantos boliches de mi ciudad y vecinas, esos acordes que parecían eternos. Para muchos, era un espejo donde se reflejaba la juventud en su instante más intenso, entre la inocencia y la osadía.

¡Vaya pulso ochentero que nos enseñó esta pieza histórica!, un escape, un abrazo y una advertencia. Laura Branigan, con su voz inconfundible nos regaló un fragmento atemporal, una súplica y una declaración que aún palpita en la memoria colectiva de unos cuantos que nos resistimos a no olvidar el más lindo de nuestros ayeres...

5/9/25

My Heart Can't Tell Me No – Rod Stewart (1988)


“Mi corazón no puede decirme no”, inmortalizó allá por 1988 el platinado Rod Stewart. Creo que, en un semiolvidado espacio de mi mente aún resoplan canciones que parecen escritas para darle voz a la fragilidad de los sentimientos, a esas batallas internas que todos hemos librado alguna vez. My Heart Can’t Tell Me No, publicada en 1988 dentro del álbum Out of Order, es una de esas joyas que aún hoy resuena con la fuerza de lo vivido. 

Con su voz ronca, inconfundible y cargada de emoción, Rod tradujo en música la contradicción eterna entre la razón y el corazón: saber que no conviene, pero no poder resistirse. Fue, en su momento, un soplo fresco dentro de la inagotable producción ochentera, y pronto se convirtió en un reflejo íntimo de amores imposibles, de pasiones que se resistían al olvido, de noches en las que la soledad encontraba compañía en la radio o en el viejo casete que giraba una y otra vez. 

Quien la escuchó en aquellos años seguramente la asocia a evocaciones muy propias: una pista de baile –como las de Samoa y Sao Sao– matizada por luces tenues, un viaje en auto bajo la lluvia con la melodía sonando en segundo plano, o simplemente la certeza de que había canciones que parecían hablarle directamente al alma. 

Stewart, con su estilo único, logró que ese lamento cargado de deseo se convirtiera en himno de miles de corazones que no querían —o no podían— decir que no. 

Quiera o no, My Heart Can’t Tell Me No, se abre un portal hacia los ochenta, esa década que nos dejó melodías impregnadas de nostalgia y eternidad. Y su voz inconfundible, como un viejo confidente, nos recuerda que el corazón siempre guarda sus propias razones, aun cuando el tiempo y la razón insistan en lo contrario…

4/9/25

Last Train to London – Electric Light Orchestra (1979)


¡Lo que me vengo a acordar en este jueves!: era esta una de las canciones favoritas de mi amigo Erwin “Yerba” Badín y de unos cuantos compañeros “de la Secundaria”, en los albores de una década poblada de nuevas ondas... y vivencias.

En el tránsito luminoso entre el final de los setenta y los albores de los ochenta, la Electric Light Orchestra regaló al mundo un tema que se convirtió en uno de los latidos más reconocibles de aquella época: Last Train to London (Último Tren a Londres, en castellano).

Incluido en el álbum Discovery de 1979, pronto se instaló como un clásico indiscutible en las pistas de baile y en las radios, marcando el pulso de una generación que buscaba nuevas melodías para soñar.

Con su inconfundible fusión de pop, disco y la impronta orquestal característica de Jeff Lynne, la canción suena como un viaje vibrante, pero al mismo tiempo cargado de nostalgia que eclosionó en “los ochenta” (por ello está aquí incluida). Esa "última partida hacia Londres" opera como metáfora del amor que no quiere rendirse al paso del tiempo, de la pasión que late aun sabiendo que la noche y el tren se escapan sin regreso.

Hago clic en el video adjunto y, así, evoco aquellas noches en que la música era compañía inseparable: fantasías juveniles que parecían increíblemente posibles, ¿por qué no eternas?, y la sensación de que cada canción podía marcar un capítulo de la vida. Su ritmo contagioso invita a bailar, pero en el trasfondo late una melancolía suave, esa invocación de lo que ya no volverá y que, sin embargo, sigue brillando con la intensidad de “los días felices aquellos”.

Hoy, más de cuatro décadas después, sigue siendo un clásico entre clásicos. Y es que cada vez que revive, por lo general en emisoras que reproducen conquistas del ayer, Last Train to London nos sitúa –aunque sea por unos minutos– a esa edad dorada de los sueños amoldados en un aula de aquella ENET N° 1 de Leones, mi amada ciudad, donde los trenes nocturnos todavía llevaban consigo la esperanza de un inédito amor y la magia de un tiempo irrepetible.

Fragile – Sting (1988)


¡Disfrutemos de este jueves septembrino, amigos!...
Canciones que traen anécdotas e historias compartidas ¡tengo unas cuantas memorizadas!; sin embargo, hay algunas que nacieron para manifestar lo vulnerables que somos y, a la vez, lo profundamente humanos que podemos ser… Fragile, publicada por –el siempre intacto– Sting en 1988 dentro del álbum ...Nothing Like the Sun, es una de esas piezas eternas que se escuchan con el alma antes que con los oídos. Con apenas una guitarra acariciando las cuerdas y su voz deslizándose como un susurro dolido, la canción se transforma en un rezo íntimo contra la violencia y la fugacidad de la vida.

Desde su aparición, Fragile fue recibida como una meditación serena ante la herida abierta de la humanidad. 

Más allá del trasfondo social que la inspiró, cada oyente supo darle un sentido personal: la fragilidad de un amor que se quiebra, la certeza de la muerte que acecha, o la vulnerabilidad que acompaña a cada paso de nuestra existencia. Sting, con esa mezcla de ternura y melancolía, con palabras sentidas no hace otra cosa más que anunciarnos que lo más frágil acaba siendo lo más apreciable.

Escuchándola detendremos el tiempo por unos minutos y aceptaremos que todo lo que amamos está hecho de cristal. Quien alguna vez dejó que sus notas lo envuelvan sabe que Fragile es el abrazo silencioso, un reflejo de nuestra propia condición humana, una llamada a cuidar lo que todavía permanece en pie. 

Tal vez por todo lo antedicho sigue viva en la memoria colectiva pues habla con la sencillez de lo eterno, acaricia con la misma delicadeza con la que nos recuerda que la vida, como una ínfima gota de lluvia sobre la tierra, es perfecta pero muy breve.

Smalltown Boy – Bronski Beat (1984)

El homenaje a este viernes viene de la mano de un himno “de aquellos himnos ochentosos”… Smalltown Boy , lanzada en 1984, es una mitol...